Margot miraba a su esposo con la respiración entrecortada. Las gotas resbalaban aún por su piel desnuda, y la toalla ajustada a su cuerpo parecía a punto de caer con solo una ráfaga de aire.
Bastien se detuvo unos pasos frente a ella, alto, frío, imponente, con los ojos clavados en los suyos, sin decir una palabra.
Hasta que habló.
—¿A eso fuiste a reunirte con Madeleine? —preguntó ese hombre, con una voz tan serena que contenía realmente toda la furia que hervía en su interior como un vol