Pasé mis dedos por su cabello, mirándolo con brillantes ojos excitados y respirando entre labios, recibiendolo con gusto. Nuestros alientos se mezclaban en la quietud de la habitación. ¿En qué momento habíamos pasado del jardín a la cama?
—Te amo, Hannah —gruñó en mi oído por décima vez, balanceándose entre mis piernas de manera rítmica.
Le respondí besando su mandíbula, gimiendo suavemente y rodeando su cuello con mis delgados brazos. Notaba el contorno de uno de sus brazos sosteniéndome por la