—¿Eres tú, Nana?
Su voz, frágil y escéptica, me sacó de mis recuerdos y me devolvió a la fría habitación donde ambas estábamos. Parpadeé e inspiré hondo, con la piel erizada y una dolorosa sensación pesada en la boca del estómago.
Cuando, con dificultad, se levantó de la silla donde estaba y trató de venir a mí, mis pies reaccionaron y retrocedieron medio paso. Mis tacones altos produjeron un suave sonido en el piso, que la llevó a detenerse.
—¿Eres mi Nana? —me preguntó de nuevo, ansiosa por un