10. PIERDE LA RAZÓN
Imagino que es mi esposa quien llama a mi puerta. He estado esperando su visita desde que me mudé a vivir a otra casa, esperanzado a que ella sienta curiosidad de mí, si no interés. Pero cuando abro, a quien me encuentro es a Alexandra.
La miro en mi puerta y automáticamente contraigo la mirada.
—¿Qué haces aquí?
A pesar de lo que ha causado, me sonríe y me extiende un sobre amarillo.
—Solo quiero darte las gracias —me dice—. Por favor, Adam, no me corras aún. —Al ver que no me queda de otra, t