Ella se dio la vuelta y vio al hombre de rodillas en la cama, sujetando sus tobillos con ambas manos.
—¿Qué pasa, Irene? —preguntó Estrella al otro lado del teléfono.
No podía decir que el hombre la tenía atrapada, listo para lo que venía.
—No pasa nada, te llamo después. —dijo rápidamente Irene, colgando el teléfono.
Arrojó el móvil y el hombre ya se había inclinado sobre ella, su aliento caliente acariciando su cuello, provocando que su cuerpo temblara.
—¡Diego!
—Aquí estoy, no grites tanto. —