Estrella estaba a punto de volverse loca. Apenas se había preparado para llevar a Feli y salir, cuando Pablo irrumpió de repente.
Ella se lanzó hacia él, pero no pudo alcanzarlo; Pablo se movía con una rapidez sorprendente. Él tomó al niño por el cuello, sonriendo de manera aún más siniestra.
—¡No se acerquen! ¡Si no, lo mataré!
—¡Pablo! —gritó Estrella, con la voz desgarrada—. ¡No le hagas daño! ¡Déjalo ir, haré lo que quieras! Te lo ruego, no le hagas daño...
—Pablo, —dijo Diego, con voz fría—