Diego permaneció en silencio durante unos segundos.
—¡No! ¡Seguro que está mintiendo! —Estrella sacudió la cabeza. Luego miró a Pablo—. Yo puedo ser la rehén. Te lo ruego, suelta a Feli...
—No lo implores —dijo Diego—. ¿Crees que él te escuchará?
—Parece que me conoces bien. A este paso, tu supuesta protección al niño no es más que palabrería. No estarías dispuesto a romperte una pierna. —respondió Pablo.
—Pequeño bastardo, ¿ves? Él desearía que murieses. Si alguna vez vuelves a ver a tu madre,