—Irene, ¡tú!
La voz temblorosa de Pablo estaba llena de incredulidad. Se apretaba la muñeca con fuerza, pero aún así la sangre brotaba sin parar.
—Eso es una arteria. —Irene se esforzó por mantener la calma—. Si no te atiendes, morirás desangrado muy pronto.
—¿Cómo es posible...? —Pablo no terminó la frase al ver la palma de Irene cubierta de sangre.
No había duda, él había drogado el agua que le dio a Irene. Por más que ella estuviera alerta, no sirvió de nada.
Su plan original era aprovechar q