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Capítulo: ¿Ya no me amas?

POV Lanya

Volví al camerino con el pulso aún acelerado, sintiendo cómo la adrenalina del desfile seguía recorriendo mi cuerpo.

El eco de los aplausos aún resonaba en mi mente, y por primera vez en mucho tiempo… me sentía viva.

Lisa estaba ahí, esperándome.

Cuando me vio entrar, sonrió con complicidad, sentimos que nos fue bien y estábamos felices.

—Lo hiciste increíble —dijo, acercándose.

Pero antes de poder responderle, algo llamó mi atención.

Tomé mi teléfono. Y entonces lo vi.

Las tendencias en redes sociales estaban explotando.

Un titular destacaba por encima de todos.

“¿Sabías que… Lanya Bennister demandó el divorcio a su esposo Damiano por ser infiel con su propia hermana?”

Abrí los ojos con sorpresa. Por un segundo.

—¿Tú lo hiciste? —pregunté, levantando la mirada hacia Lisa.

Ella no lo negó.

—Los infieles lo merecen —respondió con total tranquilidad.

Quise sentirme mal, pero luego pensé, no había mentiras en esto. Y sentí una sensación fría de justicia.

—Sí… lo merecen —murmuré.

Sabía perfectamente lo que eso significaba.

Afuera, el caos ya debía estar desatado. El escándalo.

Todo apuntando directamente a Atalya y a Damiano.

Justo como debía ser, pero la calma duró poco.

La puerta del camerino se abrió de golpe. El sonido fue seco, brusco.

No necesitaba girarme para saber quién era.

Lo super. Era Damiano.

Su presencia llenó el espacio de inmediato.

—¡Sal ahora mismo, Lisa! —ordenó con una voz que no dejaba espacio para discusión.

Lisa me miró, dudando. Buscando una señal.

Yo asentí. Este era mi problema, mi guerra y no iba a esconderme.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el silencio se volvió pesado.

No tuve tiempo de reaccionar.

Damiano avanzó hacia mí con pasos firmes, decididos, y por instinto retrocedí hasta que mi espalda chocó con la pared.

Y ahí me atrapó. Su cercanía me envolvió.

Su mirada ardía.

—¿Por qué tenías que ser tan cruel, Lanya? —exigió, con una mezcla de furia.

Fruncí el ceño.

—¿Cruel? —repetí—. ¿Acaso hay mentiras en internet?

Lo miré sin bajar la guardia.

—Nos estamos divorciando. Te demandé por infidelidad. Es la verdad.

—¡No tenías que arruinar la reputación de tu hermana! —replicó, elevando la voz.

Una risa amarga escapó de mis labios.

—Entonces… ¿por qué ella tuvo que enviarme esos mensajes?

Su mandíbula se tensó.

—¡Deja de actuar así!

Lo miré fijamente.

—¿Así cómo? —repliqué—. ¿Quieres que lo deje pasar? ¿Qué me quede callada? ¿Que siga siendo la esposa perfecta mientras tú tienes una amante?

Negué lentamente.

—No soy esa mujer.

Mi voz bajó, pero se volvió más firme.

—Fui la tonta que te cuidó cuando estabas en esa cama… pero ya no más.

Su mano se cerró alrededor de mi brazo. Fuerte.

—¡No te obligué a casarte conmigo! —espetó.

—¡Lo hice porque te amaba! —respondí, sin contenerme—. Pero ya no te amo.

El silencio que siguió fue brutal. Sentí cómo su agarre se aflojaba apenas. Sus ojos cambiaron.

—¿Qué dijiste? —preguntó, más bajo, casi incrédulo.

Lo miré directo. Sin vacilar.

—Lo que escuchaste —dije—. La mujer que te amaba… ya no existe.

Lo empujé. Intenté apartarlo.

Salir de ahí. Pero no me dejó.

En un movimiento rápido, me sujetó de nuevo y me hizo retroceder con más fuerza, lo suficiente para que el impacto me sorprendiera.

—¿Ya no me amas? —repitió, con una intensidad que me erizó la piel—. Aprende a mentir, Lanya…

Antes de que pudiera reaccionar, sus manos rodearon mi rostro.

Y entonces… ¡Me besó!

El mundo se detuvo. Mi mente quedó en blanco.

Por un instante, todo desapareció.

Solo existía ese contacto inesperado, intenso, abrumador. Su cercanía. Su calor.

No era un beso suave, era exigente, desesperado.

Como si quisiera arrancar una verdad de mí o negarla.

Mi respiración se quebró, mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera detenerlo.

Y eso me asustó, intenté resistirme.

Pero no fue fácil.

Sentí cómo me levantaba, cómo me colocaba sobre el tocador, y sus  manos se aferraban a mi cintura, besándome con más apremio.

Cómo todo a mi alrededor perdía importancia mientras su cercanía me envolvía por completo.

Mi corazón latía con fuerza. Mi cuerpo temblaba.

Y odié eso. Odié no ser completamente indiferente.

—¡¿Damiano?!

La voz irrumpió como un golpe.

Nos separamos de inmediato, el aire volvió, la realidad también.

Giré el rostro y ahí estaba Atalya, observándonos con los ojos llenos de lágrimas.

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