Giselle tembló al ver la llegada de su jefe. Maximilian lucía bastante molesto, su expresión austera y su andar decidido enunciaba que algo lo inquietaba. Se preguntó qué podría estar pasándole y cómo podría ayudarlo, pero prefirió mantenerse al margen. La presión en la oficina crecía, y sin lugar a dudas, sería un día ajetreado para ella, lleno de exigencias y demandas por parte del millonario.
—Buenos días, señor Schneider. Ya tengo su agenda preparada y se la mostraré en este momento, si me