El domingo no tuvo que madrugar y tampoco tenía intenciones de salir de la cama, pero sabía que desanimarse sería como rendirse. No era momento de tirar la toalla cuando ni siquiera había comenzado la verdadera lucha.
Estuvo media hora sentada en la cama, retardando el momento de despojarse de las sábanas.
Finalmente lo hizo, aunque la pereza invadía cada parte de su ser. Caminó como un zombie hasta el baño, cerró la puerta con movimientos lentos y se miró al espejo, aferrada al lavabo. Se decí