Esa mañana, que no era precisamente agradable, Amelia recibió una orden de Marcus para que se presentara en su oficina. Sin perder demasiado tiempo, tomó el desayuno en el comedor y se dirigió hacia allí, sintiéndose ansiosa, ya que no tenía idea del motivo por el que ese hombre la estaba convocando. Al entrar a la oficina, su rostro aún reflejaba confusión.
Marcus, por su parte, se levantó con tranquilidad de su silla giratoria y la miró con una intensidad en sus ojos que la atravesaba como un