Cuando Sofía salió de la oficina, sentía que le temblaban las piernas. Aquel hombre era como un depredador al acecho, capaz de desequilibrarla con solo una mirada. Pero también había captado un brillo en sus ojos, un destello de curiosidad que la llenaba de esperanza.
Tal vez, solo tal vez, podría resistir el embate de la Bestia de Milán.
El primer día de trabajo de Sofía fue un torbellino de órdenes ladradas, miradas intensas y roces fortuitos que enviaban chispas eléctricas a través de su pie