El bullicio del bar se detuvo de golpe cuando el hombre alto y robusto irrumpió en la escena. Sus ojos, oscuros y furiosos, se clavaron en la pareja con una intensidad que hizo que el aire en la sala pareciera más pesado.
Daniel, todavía asimilando el impacto del empujón, frunció el ceño, incrédulo ante la agresión.
—¿Quién carajos eres tú para venir a reclamar así? —espetó, enderezándose mientras buscaba los ojos de Astrid en busca de una explicación.
Astrid, con los brazos cruzados y el