El reloj en la sala de espera parecía haberse detenido, y cada segundo que pasaba era una tortura para Keiden.
Estaba de pie, caminando en círculos y retorciéndose las manos. Sus nervios eran evidentes en cada movimiento errático.
—Keiden, por el amor de Dios, si sigues así vas a abrir una zanja en el suelo —le dijo Delia, apoyándose en la pared mientras acariciaba su vientre de casi seis meses.
—No puedo evitarlo —respondió él, sin detenerse—. ¿Y si algo sale mal? ¿Y si la bebé tiene algú