A la mañana siguiente, llegó al hospital, aun sintiéndose culpable de lo que había hecho.
Mentón en alto y espalda recta, era su manera de caminar, sin permitir que los otros evidenciaran que no era más que una cualquiera.
Sus ojos se encontraron con los del hombre que venía cruzando el otro pasillo, pero su mirada se mantuvo altiva, sin rastro alguno de la zozobra que la calcomanía.
—Buenos días, directora —dijo él al pasar por su lado.
Y ella contestó con un seco y parco:
—Buenos días, Hil