Regina, con el delantal puesto y una cuchara de madera en la mano, revolvía una salsa casera que estaba preparando para la cena de esa noche. Se trataba de una comida muy hogareña, la cual era la favorita de su esposo.
Mientras los minutos pasaban, constantemente se asomaba por la ventana de la cocina, luego por la entrada principal, ansiosa de ver su auto llegar.
Pero nada.
No llegaba.
Las manecillas del reloj avanzaban y él no aparecía. Se hicieron las siete, las ocho, las nueve de la noche.