Una risa amarga brotó de su garganta.
El sonido era ronco y cargado de incredulidad.
Aunque a estas alturas ya nada debería de sorprenderle.
Nicolás había sido el artífice de su tragedia. El único culpable de todo lo que le había pasado. Pero el problema era que no tenía pruebas. No tenía manera de demostrarle al mundo la clase de hombre que era Nicolás Davies.
Un frío desolador recorrió su cuerpo, un frío que nada tenía que ver con la temperatura de la habitación, sino con la verdad que había