Mundo de ficçãoIniciar sessãoPobre Joseph, alguien debió advertirle que se estaba equivocando al contratar a Lexy como su nueva secretaria, pero se “emocionó” demasiado y la mesa le ayudó a ocultarlo. La inexperta muchacha tiene un don que ni ella misma conoce: puede emocionar a su jefe con cada uno de sus torpes movimientos y mandarlo al baño para “batir la mayonesa” cuando su lengua recita incoherencias. “Ricas incoherencias”, piensa Joseph, mientras alucina de pie en su cuarto de baño, pensando en su nueva secretaria, esa que va a sacudirle más que el mundo completo.
Ler maisEl bosque rugía con el viento como si presintiera la tragedia que se avecinaba. El aroma del pino húmedo apenas lograba ocultar el olor a sangre, el hedor de la traición.
Aria Blake, la Luna del clan Tormenta, corría entre la maleza, con las patas traseras temblando, el flanco derecho sangrando profusamente por una herida profunda. Su lobo interior aullaba, no de miedo… sino de furia.
—Logan… —gimió en su mente, rogando al vínculo que los unía que él la escuchara.
Sus zarpas chocaban contra el suelo mojado, salpicando barro y hojas. Las sombras la perseguían, más rápidas, más numerosas.
Los hombres de Owen Harris, el despiadado Alfa del clan Colmillo, la habían emboscado al salir de la antigua frontera del bosque prohibido.
Todo fue una trampa.
Aria había seguido un rastro extraño, una esencia conocida. Había pensado que era uno de los suyos. Pero era una mentira. Y ahora, los cazadores estaban cerca.
Un gruñido gutural se elevó tras ella. Aria se giró en el aire, transformándose en medio salto: su cuerpo humano surgió desnudo, bañado en barro y sangre. Se estrelló contra el suelo, rodó, y con un grito de furia se incorporó, los ojos dorados ardiendo.
Dos lobos enemigos emergieron entre los árboles, los colmillos descubiertos. Aria estiró su brazo y activó el brazalete de plata en su muñeca: una daga emergió. La sostuvo con firmeza, jadeando.
—Vamos entonces... —escupió, con voz rota, pero firme.
El primero saltó. Ella se agachó y giró sobre sí misma, clavándole la daga en el cuello. La sangre salpicó su rostro. El segundo lobo embistió. Aria cayó con él, rodando entre la maleza, sus uñas alargadas rasgando carne, pero no a tiempo, los colmillos de la bestia alcanzaron su costado izquierdo. El dolor fue agudo, como fuego líquido.
—¡LOGAN! —gritó su mente desesperadamente, su conexión vibrando en el aire.
Muy lejos, en la torre de vigilancia de la manada tormenta, el Alfa Logan Evans sintió el grito atravesarle el pecho como un cuchillo. Se levantó de golpe, los ojos dorados brillando con furia.
—¡Es Aria! —rugió—. ¡Está bajo ataque!
Saltó desde la barandilla de piedra, transformándose en el aire. Su lobo era negro como la noche, masivo, veloz. La tierra tembló bajo sus patas. Cada aullido que ella enviaba a través del vínculo lo empujaba a correr más rápido.
Pero no sería suficiente.
Aria, ensangrentada, volvió a su forma de loba y huyó. El bosque se cerraba a su alrededor. Su respiración era errática, su cuerpo ya no respondía. Escapó por un acantilado, se deslizó por la pendiente hasta el río.
Y ahí estaba él.
Owen Harris.
No como lobo, sino en su forma humana: alto, musculoso, cubierto de cicatrices. Los ojos rojos como brasas encendidas.
—Qué lástima… una Luna tan hermosa, tan feroz —dijo, caminando hacia ella con una sonrisa torcida—. Merecías algo mejor que morir aquí, sola. Pero sabes que no puedo permitir que vivas. Eres el alma del tormenta. Sin ti… Logan se romperá.
Aria gruñó, retrocediendo. Intentó transformarse, pero el dolor la detuvo.
—¿Vas a luchar? ¿Así, herida, rota? —preguntó Owen, divertido.
Ella no respondió con palabras. Saltó sobre él, con lo último que le quedaba. Cuchillo en mano, clavó el acero en el hombro del Alfa enemigo, pero no fue suficiente. Owen rugió, la sujetó del cuello y la estrelló contra el suelo.
—Valiente, hasta el final —dijo con una sonrisa triste.
Ella escupió sangre en su rostro. Owen gruñó... y con un movimiento certero, le atravesó el abdomen con su propia daga.
La Luna gimió, sus ojos se abrieron como si acabaran de ver el cielo por primera vez. El mundo se volvió lento.
El dolor era silencioso. Las hojas crujían suavemente. El sol se filtraba por entre las ramas. Todo parecía tan lejano…
—Lo...gan... —susurró.
Y fue entonces cuando él llegó.
El suelo retumbó con fuerza. Un lobo negro como la noche emergió de los árboles con un rugido que hizo temblar la tierra. Se lanzó sobre Owen con una furia salvaje. Ambos rodaron por el suelo, luchando cuerpo a cuerpo, colmillo contra colmillo, garras contra músculo.
Owen, aún en forma humana, recibió las embestidas sin retroceder. Con fuerza sobrenatural lo empujó y lo lanzó contra un árbol. Logan se sacudió y volvió a la carga.
Pero ya era tarde.
Aria yacía en el suelo, los ojos abiertos, la piel cubierta de barro y sangre. Aún respiraba. Apenas.
Logan rugió, derribó a Owen y lo mordió en el hombro. Estuvo a punto de matarlo, pero el Alfa enemigo escapó en medio del caos, sangrando, riendo.
Logan corrió hacia ella, transformándose a medio camino.
—No... no, por favor no —susurró, arrodillándose junto a su Luna.
—Tardaste —dijo Aria, sonriendo con la boca ensangrentada.
—Shhh… No hables. Te llevaré a casa.
—No hay casa sin ti, pero… ya no siento las piernas, Logan —sollozó.
Él apretó los dientes, tragándose el dolor.
—No vas a morir. Eres mía. ¡Mi Luna! ¡No puedes dejarme!
Aria lo miró, y sus ojos brillaron por última vez.
—Eres el lobo que siempre soñé… Cuida de nuestra manada. Promételo.
—Te lo juro. Por la Luna y las estrellas. Pero no me dejes.
Aria alzó una mano temblorosa y tocó su rostro.
—Entonces... no llores.
Y exhaló por última vez.
El aullido de Logan rasgó el bosque como una herida abierta, tan profunda, tan desgarradora, que incluso las aves en lo alto callaron. Su lobo se alzó, levantando la cabeza al cielo, aullando por su compañera, por su corazón… por su pérdida.
El vínculo se rompió con un chasquido, silencioso.
La Luna del clan tormenta había caído.
La joven mujer corrió por el campo abierto arrastrando un largo trozo de tela rosa que debía acomodar alrededor de la terraza que envolvería la fiesta. Desde la muñeca tomó los elásticos de colores que su marido había comprado en una tienda de cotillón y comenzó a trabajar mientras cantó a todo pulmón.Si hubiera tenido vecinos cerca, Lexy Antonieta Bouvier habría sido bajada del escenario imaginario en el que se subía cada vez que cantaba por las praderas de su propiedad, pero para su fortunio, su vecino más cercano vivía a cuatro minutos a pie desde el inicio de su cerca separativa.—¡Voy a pedirte que no vuelvas más, siento que me dueles todavía aquí, adentro! —cantó y gritó a su propio ritmo, olvidándose de la cantante y del ritmo que se oía de fondo.Aunque por algunos segundos creyó que estaba sola, se quedó callada y pasmada cuando se encontró con su padre, ese que la observaba desde el suelo mientras inflaba globos a un acelerado ritmo.—Nunca cambias —siseó levantándole las c
Algunos años después…Se levantó en la punta de sus pies para mirar por encima del alta cerca de madera que envolvía su propiedad y se le llenó el pecho de emoción al encontrarse con una larga fila de personas que esperaba a por ellos. Se tocó la barriga con las dos manos y se apoyó con confianza en la madera para mirar mejor.Se tomó algunos segundos para respirar otra vez y se osó en regresar al interior de la propiedad. Las manos le temblaban y la barriga se le revolvía con una rica sensación que sentía cada día cuando encontraba calor y afecto entre los brazos de su amado y de sus hijas. Iluminada como cada mañana, la sala resplandecía con sus colores castaños y rojizos; las cortinas blancas le brindaban profundidad y luz a todo su hogar y los juegues desparramados de las niñas le prodigaban ese toque infantil y hogareño a cada dormitorio y pasillo.Titubeó de qué hacer primero.Podía ir con su amado esposo y decirle las buenas nuevas, podía correr a vestir a sus hijas para empez
No bastó mucho tiempo para que todo cayera en su lugar y que la vida de nuestros amantes tuviera un nuevo orden.Si bien, a veces sentían que habían hecho las cosas mal respecto a la denuncia en contra de Open Global y la estafa piramidal que estaban encubriendo, las personas que se acercaban a ellos e incluso sus mismos compañeros de trabajo se encargaban de agradecerles por su valentía y transparencia.Se habían convertido en los nuevos héroes sin capa y sin superpoderes de toda la oficina y, por fin, después de años de mentiras y engaños, la gente empezaba a recibir respuestas referentes a sus inversiones, esas que habían desaparecido con el paso de los años. Como era de esperarse, Bustamante regresó de Colombia en compañía de la junta Directiva y se conoció por fin la verdad detrás de todo el caso que el mismo Joseph había hecho explotar para salvar a Lexy y al resto de los empleados de un desempleo seguro.Claro estaba que pronto la empresa se declararía en la quiebra y muchos d
En los días anteriores, Joseph se había dedicado a investigar la verdad que se escondía detrás de esa imagen prestigiosa que Open Global le ofrecía al resto del mundo. Tras las declaraciones de su esposa, quien había confesado que le habían robado sus ideas, las que habían sido ofrecidas a bajos precios a la competencia, no había pasado mucho para que Storni uniera las pistas y encontrara la verdad.Una verdad que derrumbaría todo eso que Open Global y Bustamante eran.Ese día, Lexy regresó a la oficina con decisión.Los brazos de la joven temblaban producto del cansancio que sentía y también las piernas, la entrepierna, las caderas y la espalda. Intentó encontrar una buena posición en la silla de cuero que usaba, esa que antes
Último capítulo