Kimberly se quedó en la puerta de su apartamento, respirando el familiar aroma a lavanda y hogar. Solo habían pasado unos días, pero le parecían años.
Arturo la había llevado de vuelta en silencio, con dos todoterrenos más siguiéndolos. Ahora estaba en su salón, haciendo un barrido de seguridad como si ella fuera la presidenta.
—Todo despejado —dijo finalmente—. Tendremos hombres apostados alrededor, vigilando el perímetro del edificio. Si necesitas algo...
—Llamaré a Xavier. Lo sé. —Kimberly d