Cuando finalmente llegaron, el apartamento de Kimberly le pareció tanto su hogar como territorio enemigo. Esperaba encontrar a alguien esperándola dentro, alguna nueva amenaza o mensaje. Pero solo era su espacio, tal y como lo había dejado. Velas de lavanda en el lavabo del baño. El equipo de podcast en su estudio oculto. El aroma persistente de la pizza que comieron antes de la apresurada visita a su madre.
—Necesito un trago —anunció Tasha, dirigiéndose directamente a la cocina—. ¿Tienes whisky?
—Por supuesto.
Mientras Tasha servía las bebidas, Kimberly se acercó a su computadora portátil y la encendió. Su reflejo la miraba desde la pantalla negra, con ojos cansados, cabello revuelto y el rostro marcado por el agotamiento. Parecía haber envejecido cinco años en la última semana.
Tenías una hermana.
Apartó ese pensamiento de su mente. Se concentró en lo que podía controlar. Información. Hechos. Pruebas.
Tasha apareció con dos generosas copas de whisky y le entregó una a Kimberly. —Po