Después de clases, Adeline regresó a su salón para tomar su mochila, todavía con la ropa empapada. Las lágrimas le resbalaban por el rostro mientras caminaba a casa, intentando ignorar la sensación fría y húmeda pegada a su piel.
Pero Adeline no era de las que se quejaban con sus padres. Cada vez que algo malo ocurría, lo guardaba para sí misma, soportando la carga sola.
Desde aquel día, su disgusto por Jason no hizo más que crecer. Ya no lo llamaba “senior”. Cada vez que se cruzaban, ella lo e