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Dos semanas después, Max invitó a Isabella a pasar su luna de miel en Londres.

Al principio, Isabella dudó en aceptar—no es que tuviera muchas ganas de viajar tan pronto—pero conocía demasiado bien a su esposo. Cuando Max se proponía algo, nadie podía hacerlo cambiar de opinión. Así que, con un suspiro y una sonrisa suave, terminó rindiéndose.

Aquella tarde, Isabella estaba de pie en el balcón de la suite del hotel, disfrutando de la brisa cálida y del suave brillo anaranjado del atardecer.

—¿E
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