Isabella se dio la vuelta.
—¿Sí, señora? —preguntó con una sonrisa.
Eleanor se levantó lentamente de la cama y caminó hacia ella. Sus ojos brillaban con lágrimas mientras observaba de cerca el rostro de Isabella. Luego, sin previo aviso, la rodeó con los brazos y la atrajo hacia un abrazo tembloroso.
—Mi nieta… —susurró Eleanor, con la voz quebrada mientras las lágrimas corrían por su rostro. Isabella se quedó rígida, sorprendida, incapaz de devolver el abrazo.
“Mi nieta…”
Las palabras resonaba