41. Distinta
El golpe en la puerta sonó de nuevo, más fuerte esta vez.
—Princesa, ¿podemos hablar? —La voz grave de Artyom atravesó la madera y a Rashel se le heló la sangre en las venas.
Valerik todavía estaba enterrado profundamente dentro de ella, sus manos firmes en sus caderas, sus labios curvados en una sonrisa arrogante. El desgraciado no tenía ni una pizca de miedo. Al contrario, se veía como si disfrutara del peligro.
—¡Valerik! —susurró ella con los ojos desorbitados, empujándolo del pecho.
Él gruñ