La noche se cernía sobre la ciudad como un velo espeso y silencioso. Las luces de los rascacielos titilaban entre la neblina del invierno, reflejándose en las ventanas de la clínica privada donde Samara y Lucca esperaban, en tensión contenida, la llegada de sus hijos.
La habitación estaba tenuemente iluminada por lámparas cálidas, con un mobiliario sobrio y moderno, decorado con tonos suaves que intentaban brindar algo de calma en medio de la tormenta de emociones que atravesaban. Las máquinas