Capítulo 40

La noche se cernía sobre la ciudad como un velo espeso y silencioso. Las luces de los rascacielos titilaban entre la neblina del invierno, reflejándose en las ventanas de la clínica privada donde Samara y Lucca esperaban, en tensión contenida, la llegada de sus hijos.

La habitación estaba tenuemente iluminada por lámparas cálidas, con un mobiliario sobrio y moderno, decorado con tonos suaves que intentaban brindar algo de calma en medio de la tormenta de emociones que atravesaban. Las máquinas
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