—Vamos —dijo él, guiándola hacia la salida del salón.
—¿Estás seguro de que puedes salir de aquí ahora? —preguntó ella, solo para confirmar.
—Claro que sí —respondió, sin dudar. —Hélio sabe que todavía estoy de luna de miel y que quiero quedarme a solas con mi esposa siempre que pueda.
El rostro de ella se puso rojo al instante, y un nerviosismo difícil de contener la invadió. Ya no había forma de escapar de esa noche. Sabía que tendría que hacer lo que fuera necesario y, después, rogarle a Ren