—¿Patita fea? —repitió Sara, riendo de nervios. —Crecí escuchándote a ti y a nuestros padres llamarme así desde niña, tantas veces, que terminé creyendo que de verdad era una aberración. ¿Pero sabes una cosa? Bastó con que me fuera de casa para entender que yo nunca lo fui. Eran ustedes los que me hacían creer esas cosas.
—¿Qué crees que estás diciendo, Sara? —murmuró Raquel, sorprendida por la audacia en la voz de su hermana.
—Estoy diciendo la verdad —respondió, sin titubear. —Nunca fui valor