Renato me miró en silencio, claramente dividido entre las ganas de responderme y el cansancio que ya no conseguía disimular. Tenía la mandíbula tensa, los hombros rígidos, como si cada palabra mía fuera una afrenta directa a su orgullo.
—¿Desde cuándo me mandas tú? —murmuró, con la voz ronca.
—Desde el momento en que casi no puedes mantenerte en pie —repliqué.
Él respiró hondo, pasándose una mano por el rostro.
—No tienes idea de lo que estás diciendo.
—Sí la tengo —respondí, sin dudar. —Te est