Desde ese momento en adelante, Sara ya no consiguió cerrar los ojos. El mensaje, junto con la imagen de aquella mujer, se repetía en su mente como un eco incómodo, insistente. Miró el celular que había dejado nuevamente sobre la mesa de noche, luego el rostro de Renato, que dormía tranquilamente.
—Entonces era por eso… —susurró, casi inaudible. —Por eso me trajiste a casa más temprano…
Sus ojos comenzaron a arder.
—¿Estabas con ella?
La idea tomó fuerza, invadiéndolo todo. Pensar que él la habí