—No quiero volver al tema, pero dijiste que seguirías ayudándonos si conseguíamos una esposa para entrar en aquella iglesia —insistió.
Sin paciencia para aquella conversación, Renato llevó una mano a la cintura mientras pasaba la otra por el rostro, visiblemente cansado.
—Está bien —comentó, vencido por el desgaste—. No tengo ninguna obligación con ustedes. Pero solo por el hecho de saber que, si los ayudo, dejarán a Sara en paz… lo haré.
Los ojos de Soraya se abrieron de par en par, sorprendid