Acostado en una cama fría de una habitación de hotel, Théo pensaba en Maia. Quería verla y abrazarla. No entendía cómo un sentimiento tan desconocido e inusual lo había poseído de forma tan avasalladora. No quería saber de nada más, solo de ella.
Tomando su teléfono, la llamó, con la esperanza de poder oír su voz nuevamente. Tras dos llamadas, ella atendió.
—Oi… Théo. —Ya atendió diciendo su nombre.
Aquello encendió una chispa de esperanza en él, ya que ella parecía dispuesta a conversar.
—Maia