Dejando de lado toda la idea de esperarlo llegar, o intentar pensar que todo no pasaba de un engaño, Maia arregló sus pocas cosas en una maleta y fue al cuarto de su hija. Al llegar allí, vio a la pequeña durmiendo como un angelito y no pudo evitar sentir un apretón en el pecho. Era injusto lo que iba a hacer, ya que la niña estaba viviendo días de paz y tranquilidad mientras se recuperaba. Lis tampoco se cansaba de decir que le gustaba aquella casa y su nuevo cuarto.
—Voy a prepararte un cuart