Aunque se hubiera acostado, Maia ya no había pegado el ojo; seguía intentando imaginar cuál sería la reacción de él y qué haría al ver el mensaje en aquel celular.
Con los ojos cerrados, le pedía a Dios que Théo no la lastimara más de lo que ya se sentía lastimada.
Pronto, el sol salió. Théo empezó a moverse a su lado, demostrando que estaba comenzando a despertarse; ella fingió que también estaba despertando.
—Buenos días. —Él la abrazó fuertemente, besándole el cuello. —Pensé que había soñado