El nerviosismo estaba a flor de piel y la adrenalina corría por todas sus venas. Su voluntad era ir detrás de Maia y mostrarle que quien estaba bajo el control de las cosas era él, y que ella no tenía derecho a pensar o elegir nada. Su teléfono comenzó a sonar insistentemente después de haber colgado en la cara de Fábio.
—¿Qué quieres? —Atendió nervioso.
—¿Por qué colgaste? Ni siquiera terminé de hablar contigo. —Dijo Fábio tranquilamente.
—¿Crees realmente que quiero escuchar algo más? —gruñía