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Habían pasado tres días desde que Lis llegó a la mansión de Théo Campos. En esos días, Maia evitaba conversar con Théo cualquier cosa que pareciera o se volviera trivial, pues no conseguía mirarlo sin recordar lo que había escuchado detrás de la puerta.

Era doloroso y, al mismo tiempo, vergonzoso. Sentía culpa por admitir que le estaba gustando, aunque no hubiera ningún motivo aparente.

En la sala de estar, los dos se sentaron a la mesa solos para desayunar, ya que Lis aún no se había despertad
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