El modo en que el hombre la miraba era aterrador e incómodo. Las ganas de Maia eran lanzarle una copa de champaña a la cara de aquel viejo salido.
Se acercó a Théo, intentando llamar su atención, hablando bajo en su oído.
—Théo, ¿podemos irnos ahora? —preguntó bajito en su oído, para que solo él pudiera escuchar.
—Claro que no, Maia, la noche apenas está comenzando. —Respondió él.
—No me estoy sintiendo a gusto. —Completó.
—No es lo que parecía, hasta hace unos instantes. —Insinuó, recordándole