Maia prefirió creer que lo que acababa de imaginar era cosa de su cabeza.
—No imaginaba que Théo pensara tanto en mí. —Dijo de un modo inocente, sin ninguna malicia.
—Ah, puedes creer que piensa mucho y ni quieras saber cómo. —La mujer volvió a reír nuevamente. —Entra, voy a mostrarte dónde está desmayado.
Maia entró con vergüenza en aquel apartamento. El lugar era muy extraño; las luces estaban apagadas y solo había una lámpara roja iluminando el ambiente. Un humo extraño estaba por todo el lu