El amanecer llegó sin suavidad.
No fue lento.
No fue tranquilo.
Fue abrupto.
Como si el mundo no tuviera paciencia para lo que ninguno de los dos estaba listo para enfrentar.
Sebastián no durmió.
Ni un minuto.
Se quedó en la sala, sentado, con el teléfono en la mano, como si en cualquier momento fuera a vibrar con una respuesta que no llegó.
La noche se le hizo eterna.
Pensó en todo.
En cada conversación.
En cada silencio.
En cada mirada que no entendió.
Y mientras más recordaba…
más claro le q