La ducha había sido caliente, un alivio después de un día largo y estresante. Alejandra salía envuelta en la toalla, con el cabello húmedo, cuando la superficie del piso traicionó sus pies: un resbalón inesperado la hizo perder el equilibrio.
En un instante de pánico, sintió cómo su cuerpo caía hacia atrás. Justo cuando pensaba que golpearía el suelo, unas manos firmes la atraparon. Y no cualquier manos: las de Sebastián.
Sus cuerpos quedaron tan cerca que el calor de él se fundió con el suyo.