Sebastián regresó un jueves por la noche.
Alejandra lo supo antes de verlo. Lo intuyó en el aire del departamento, en esa sensación incómoda que le recorría el pecho desde la tarde, como si su cuerpo se hubiese adelantado a la noticia. Cuando escuchó la cerradura girar, no se levantó de inmediato.
Esperó.
La puerta se abrió con el sonido seco de siempre. No hubo saludo, ni pasos apresurados, ni esa presencia dominante que solía llenar cada espacio.
—Llegué —dijo Sebastián finalmente.
Alejandra