Amara jamás imaginó que sus palabras, aquellas que había guardado en lo más profundo de su pecho, pudieran provocar en él una reacción tan explosiva.
Cuando Liam la escuchó pedirle matrimonio, lo primero que apareció en su rostro fue sorpresa… una sorpresa tan genuina que por un pequeño instante Amara creyó que aquel hombre al que había amado por años quizá—solo quizá—podía considerarlo.
Pero la ilusión duró menos que un suspiro.
La sorpresa se desfiguró, convirtiéndose en una tormenta. Rabia. Dolor. Resentimiento. Todo mezclado en una expresión que le atravesó el alma.
—¡Eres una manipuladora! —espetó con una furia que le heló la sangre—. Siempre… siempre encuentras la manera de atraparme en tus trampas sucias. ¿De verdad no tienes ni una gota de vergüenza, Amara?
Su voz era como un látigo. Ella sintió cómo aquellas palabras se le clavaban en el pecho. Tragó saliva, pero no logró decir nada. Liam dio media vuelta; no pretendía quedarse un segundo más ahí.
Y Amara, desesperada, corrió