Amara yacía en la camilla cuando por fin le inyectaron el antídoto. El olor a desinfectante llenaba la pequeña sala del centro de salud, y la luz blanca, casi cruel, bañaba su piel pálida. Tenía los labios secos, los dedos fríos y la respiración entrecortada.
A su lado, Liam permanecía rígido, sentado en una silla de plástico que parecía demasiado frágil para sostener la tensión que él desprendía. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la de ella, como si temiera que al soltarla pudiera desvanecerse.
El doctor terminó la aplicación y levantó la mirada.
—Ahora debemos esperar —dijo con voz grave—. El antídoto ya está en su sistema. Si el veneno no avanzó demasiado, debería estabilizarse en las próximas horas.
Liam tragó saliva.
—¿Va a estar bien? —preguntó, aun sabiendo que no podía esperar una garantía absoluta.
—Por ahora… parece que sí. Pero necesitamos al menos veinticuatro horas para asegurarnos.
Liam asintió lentamente. No se movió.
No hizo una sola pregunta más. Simple