Amara yacía en la camilla cuando por fin le inyectaron el antídoto. El olor a desinfectante llenaba la pequeña sala del centro de salud, y la luz blanca, casi cruel, bañaba su piel pálida. Tenía los labios secos, los dedos fríos y la respiración entrecortada.
A su lado, Liam permanecía rígido, sentado en una silla de plástico que parecía demasiado frágil para sostener la tensión que él desprendía. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía la de ella, como si temiera que al soltarla pudie