Sídney llegó al hospital con el rostro pálido, los labios secos y un malestar que la atravesaba de pies a cabeza.
Su corazón latía con desesperación, no solo por el dolor físico que ya se gestaba en su vientre, sino también por la tormenta emocional que la consumía desde que había visto a Barry.
Ese encuentro había removido recuerdos, culpas y miedos que prefería mantener enterrados.
Apenas cruzó la puerta de urgencias, un dolor agudo y brutal la golpeó como un rayo, arrancándole un grito desgar