Valerio salió de ahí con la sangre caliente y las pulsaciones al límite. La rabia inicial todavía le hacía temblar las manos, pero a medida que avanzaba por el pasillo, un vacío helado comenzó a instalarse en su pecho. Por primera vez en años, se había dado cuenta de que Alessandro decía la verdad, de que no había fingimiento en sus palabras. Ese imbécil amaba a su hermana tanto o más de cómo ella lo amaba a él, con una desesperación cruda que no se podía fingir, y descubrir aquello lo carcomía