Amelia sintió cómo los dedos de Alessandro se cerraron en su carne, con profundidad. Tanto, que seguramente el día de mañana tendría un moretón violáceo marcando su piel como un recordatorio de su posesividad enferma. Subió la vista para ver a su marido y sonrió con una satisfacción que le nacía del centro del pecho; era una sensación embriagadora ver el desmoronamiento de su fachada de control absoluto. Por fin Alessandro estaba sintiendo un poco de lo que ella siempre había sentido: esa impot