Amelia suspiró profundamente, tratando de forzar a sus pulmones a recibir aire. Tenía que concentrarse en el trabajo y en la crisis de los barcos; no quería, ni podía, perder más tiempo haciendo corajes con un hombre que parecía disfrutar de su indignación. Si Alessandro quería dormir en el maldito piso de mármol de la suite, que lo hiciera, pero ella no pensaba ceder ni un milímetro de la cama. Con movimientos decididos, puso la maleta encima del edredón de seda y comenzó a sacar la ropa con l