—Es una maldita golfa —siseó Ginevra, apretando con una fuerza desmedida el tallo de la copa de champagne que sostenía en su mano derecha, hasta el punto de que sus nudillos se tornaron blancos.
La amante de Alessandro estaba completamente roja de la ira, una furia sorda que le subía por el cuello y le manchaba el escote de un rosa violento. Sus ojos verdes, que solían ser su mejor arma de seducción, ahora brillaban llenos de una frustración ponzoñosa mientras observaba a Amelia Moretti desde l