El ambiente de la clínica de urgencias de Milán finalmente se sentía en calma, despojado del humo, los gritos y la muerte que habían marcado las horas anteriores. En la habitación privada de maternidad, el sonido rítmico y constante del monitor fetal llenaba el espacio con un eco esperanzador, traduciendo en latidos fuertes el milagro de la vida que continuaba abriéndose paso. Alessandro permanecía sentado al borde de la cama, con los ojos enrojecidos por el cansancio y las lágrimas reprimidas,