CAPÍTULO — Lo que no se puede deshacer
Gabriel no salió de la jefatura en silencio.
Pidió hablar con los detenidos sin levantar la voz, sin exigir nada, como quien ya no necesita permiso porque no tiene nada que perder. Lo dijo con una calma firme, contenida, imposible de discutir. No había desafío en su tono, pero sí una determinación que incomodaba.
Los agentes se miraron entre ellos durante un segundo apenas perceptible, evaluando esa presencia que no gritaba ni imploraba. Finalmente, uno